La escritura secreta de los pintores. El Mundo.es

20 Oct 2010

Existe una pieza en la exposición de grabados De Durero a Morandi -cinco siglos de esta técnica en Salamanca- que casi corre el riesgo de pasar inadvertida ante el espléndido conjunto. Al principio, tan sólo parece un retrato de un hombre del Renacimiento en uno de los motivos favoritos de la época: posando en un estudio lleno de papeles como ostentación de actividad intelectual.

Pero, al momento, algo perturba. A través de una ventana podemos ver una luz casi cegadora que, sin embargo, no alegra el cuarto donde el hombre trabaja. A pesar de que hay alguien vivo dentro, objetos, muebles y papeles componen una naturaleza muerta.

Llegamos al rostro ligeramente levantando de aquel que se afana en la mesa de trabajo. Es Rembrandt Harmensz van Rijn y éste es uno de sus autorretratos, una serie de pinturas y grabados que expertos y aficionados consideran como el más profundo estudio del alma en imágenes.

Pero una cosa es saberlo y otra tropezarse con ello de manera casi inesperada. Cuesta imaginar un corazón que no se estremezca al cruzar la mirada con ese hombre retratado a los pocos días de perder a su mujer y antes de que las deudas le obligaran a vender el taller de grabado donde realizó obras insuperables.

Aún más al recordar que el grabado necesita de un trabajo mucho más duro que la pintura o el dibujo. El artista debe concebir la imagen como si fuera un negativo fotográfico o una imagen especular. Hay que abrir canales en una superficie dura para que la tinta penetre y controlar allí trazos y matices que serán calcados en el papel.

De entre todas las formas de trabajar el grabado, la del buril -especie de punzón- sobre la plancha de cobre necesita del pulso firme y preciso de un cirujano. Ese fue el bisturí con el que Rembrandt abrió su interior ante la posteridad.

Pero esta imagen es sólo uno de los hitos que componen las 120 obras, hasta el 14 de noviembre, de la muestra De Durero a Morandi, Grabados de la Fundación William Cuendet & Atelier de Saint-Prex, en la sala de Exposiciones de Santo Domingo de la Cruz de Salamanca.

Una cuidadosa selección extraída de un impresionante fondo de 8.000 piezas traídas de la mano de la Fundación La Caixa y la Fundación Salamanca Ciudad de la Cultura.

Es difícil encontrar mejor cumplido hacia esta muestra que decir que Rembrandt es 'sólo' uno de sus autores. Esta exposición brinda la posibilidad, única, de ver en una misma sala y en un breve recorrido a iconos del Renacimiento como Durero -el hijo de orfebre capaz de las mayores filigranas sobre las planchas-; a un Canaletto libre de las ataduras de sus grandes pinturas, paseándose en blanco y negro por rincones modestos pero más queridos de Venecia, y de comprobar al lado de los grandes maestros que nuestro Goya sigue siendo el más cruel y terrorífico de todos ellos en su retrato de la naturaleza humana. O, sorpresa de las sorpresas, descubrir una faceta como grabador que mantuvo casi escondida en vida el rey del pastel impresionista, Edgar Dégas.

Experiencia exclusiva

La experiencia es aún más exclusiva si se tiene en cuenta que el repertorio varía en cada ciudad que visita: Gijón, Salamanca y Murcia. "A veces las obras son muy delicadas y deben ser sustituidas", dice María González, coordinadora de Exposiciones de La Caixa.

Hemos comenzado mencionando a Rembrandt porque está en los primeros tiempos del grabado como arte y en el génesis de esta muestra. Su talento para ilustrar la Biblia y los motivos religiosos perduró indemne cuatro siglos y fascinó a principios del XX a William Cuendet, quien era, además, un profundo conocedor de los procedimientos del grabado.

No se sabe si como hombre de fe Cuendet logró en vida mucha influencia sobre sus fieles, pero, como coleccionista, su parroquia sigue creciendo hasta alcanzar la inmortalidad.

La Fundación William Cuendet & Atelier de Saint-Prex fue creada en Lausana en 1977 para preservar su legado y reunir las mejores piezas de la historia del grabado, además de un taller para los artistas contemporáneos que quieran saber si su talento se expande o se comprime bajo el peso del tórculo.

El grabado es un arte duro y técnicamente complejo, pero la exposición consigue suaves transiciones a un discurso pedagógico que no resta profundidad de inicio a fin.

Comienza con el capítulo El grabado al servicio del libro. La Biblia, Durero, Rembrandt y el pastor Cuendet, que da paso a El Vedutismo y Venecia, en el siglo XVI cuando al grabado se le permite ilustrar temas geográficos, científicos y mitológicos.

El recorrido lleva al clasicismo francés del siglo XVIII, en el que la Fundación Cuendet es la mayor autoridad. Aparecen los delicados paisajes de Claude Lorrain y retratos de la corte francesa que empiezan a dar las pautas del delicado uso del blanco y negro que habremos de ver dos siglos después en la fotografía.

En el meridiano de la exposición, en el capítulo Intimidades, aparece el subconsciente y, a partir de ahí, la muestra no sigue el curso de los siglos, sino el de la asociación de ideas: La pasión por el paisaje o cómo el artista utiliza el exterior para ahondar en su interior; Investigaciones técnicas, que incluye uno de los primeros grabados a color: el famoso Ángel Anatómico de Gaugtier. Y, por último, El Taller, donde artistas de hoy aportan nuevas creaciones con técnicas de ayer. Vemos cómo la primera y más rudimentaria de las técnicas, la xilografía, es resucitada por autores de vanguardia. El grabado, según Florian Rodari, uno de los comisarios de la muestra, se resiste a abandonar la imprenta en que nació: "A diferencia de la pintura, que se percibe con una mirada y se puede observar desde cierta distancia, esta técnica implica una lectura, una paciente meditación, por lo que está emparentada con el libro".

Si eso es verdad, si se nos exige la atención de un lector ¿acaso los millones de líneas que componen esta exposición no serán un manuscrito de cinco siglos, una forma de escritura de los pintores? Exento de colores, en el autorretrato de Rembrandt puede leerse sin palabras toda la vida de un hombre que lo ganó todo y lo perdió todo. Excepto el talento que convirtió a un pastor calvinista a la fe del arte.

 

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