Tiempo de Goya y Velázquez. El País

03 Jan 2011

Velázquez es la gran estrella, junto a las nevadas, del invierno en Nueva York. Hace muy poco el Metropolitan anunció que el Felipe IV que la institución compró en 1914, y que dejó de exhibir en 1973 cuando los expertos consideraron que era falso, es efectivamente una obra que Diego de Velázquez pintó en 1624. Lo han demostrado de manera categórica, tras una minuciosa restauración, los conservadores del prestigioso museo, que recupera así una pieza que había arrinconado, y Felipe IV vuelve a reinar en Manhattan. Lo hace, además, por partida doble: la Frick Collection exhibe desde hace un mes, después de limpiarlo, el retrato que Velázquez le hizo en Fraga.

Recuperar la autoría de una pintura es un gran acontecimiento, sobre todo si el artista es célebre. Mucho más ruido puede llegar a producir el proceso inverso: cuando se demuestra que una obra no fue realizada por el pintor al que siempre se le había atribuido. Es lo que ocurrió en 2008 con El coloso en el Museo del Prado. Sus expertos concluyeron que no era de Goya, con lo que se fueron al garete sesudos estudios e interpretaciones que daban por hecho que era una pieza del maestro aragonés.

Goya suele estar, en estas cosas, en el ojo del huracán. Fue muy prolífico y el mercado lo valora mucho más que a cualquier otro artista español de su época. Un detalle: al Prado han llegado unas 8.000 y 9.000 obras con la esperanza de que hubieran salido de la misma mano que pintó la maja desnuda.

Arturo Ansón Navarro, un gran conocedor del artista, sostiene en el último número de Ars que una Piedad, pintada hacia 1774 y que se atribuía a Francisco Bayeu, es en realidad una obra de juventud de Goya. La misma revista especializada publicó el pasado verano que se había encontrado en los sótanos del museo de la Universidad de Yale un cuadro titulado La educación de la virgen que los expertos consultados creen que es obra de Velázquez. Son por el momento atribuciones y el tiempo dirá si entran a formar parte del catálogo oficial de obras de esos dos grandes maestros.

Lo que sí es indiscutible es que Felipe IV, ese rey que pasó sin pena ni gloria, está de moda en la Quinta Avenida. Y lo está gracias al artista que, en su día, el monarca alentó y protegió.

 

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