La exquisitez de lo inanimado. La opinión de Murcia

Exposiciones
15 mar 2010

Sobriedad, sencillez, exuberancia, belleza, quietud... La riqueza de un género como el bodegón -muy cuestionado hace años- ya no se pone en duda, y la Fundación Cajamurcia y el Museo del Prado proponen descubrir o redescubrirlo ahora en una hermosa exposición con obras de Goya, Zurbarán o Arellano.

Unas pinturas no sólo con calidad técnica, sino con calidades táctiles" son las que se exponen desde ayer en el Centro Las Claras de Murcia. Más de sesenta obras de arte procedentes del Museo del Prado -de "excepcionales artistas" como Zurbarán, Goya o Arellano- que proponen un interesante y bello viaje por la historia del bodegón español, desde el Siglo de Oro hasta el XIX, desde la sobriedad de Zurbarán y la elaborada sencillez de Espinosa hasta la adelantada visión de Goya o la exuberancia de Lucas Velázquez.

El comisario de la muestra, Juan José Luna, recordó que "los bodegones o naturalezas muertas -él prefiere llamarlas inanimadas o inertes- cuentan cada vez con más aceptación, aunque antes era considerado injustamente un género menor". Sin embargo, su calidad técnica y táctil -"podemos sentir la rugosidad o la suavidad de los frutos y flores"- le ha ayudado a ocupar el lugar que merece y los murcianos tendrán ahora la oportunidad de apreciar "la variedad sorprendente de flores, frutas y de otros alimentos, así como de cerámicas y útiles de cocina" de los bodegones, en los que también "los pintores plasmaban su visión del mundo que veían".

Junto a Luna, presentaron ayer la muestra el presidente de Cajamurcia, Carlos Egea Krauel; el gerente de su Fundación, Pascual Martínez; y el director del Museo del Prado, Miguel Zugaza, quien recordó la labor reivindicativa que el murciano Alfonso Pérez realizó del bodegón cuando estuvo al frente del centro madrileño.

El recorrido por la historia del bodegón arranca en Las Claras con dos grandes óleos de Juan van der Hamen, que prolongaban -como un trampantojo- el salón del palacio de Felipe IV y con obras de grandes maestros de Sevilla y Madrid como Juan de Espinosa. Pasando por la escuela de Valencia, ampliamente representada por Hiepes y sus obras con tortas, frutas, tartaletas -su hermana era pastelera-, el visitante llega al bello y sobrio bodegón de Zurbarán; una obra -dice Luna- "exquisita, admirable y deliciosa, en la que lo más bello que captamos es el silencio".

Tras deleitarse con las "flores intemporales" de Camprobín o el 'San Jerónimo' de Antonio de Pereda -a falta de un buen cuadro representativo del género llamado vanitas, en el que nunca falta una calavera que recuerde la certeza de la muerte-, y al bajar a la segunda sala, los exuberantes floreros de Arellano sorprenden y preparan al visitante para los contrastes de Meléndez, las obras de dos de sus seguidores, Montalvo y Romero, y la maestría de Goya. Del pintor zaragozano se puede observar su evolución desde los cartones de tapicería -de escenas de caza- hasta un bodegón, según el comisario, "diferente, renovador y lleno de dramatismo en el que los animales parecen fusilados; una obra que no está calculada pero sí sentida y en la que no se ve talento, sino genio".

Y para el final de la muestra, "dos sabrosos postres". Un exquisito plato repleto de dulces de Parra Abril y la fruta de Lucas Velázquez, de una gran exuberancia flamenca, que -alerta Luna- "invitarán al visitante a meter la mano en el lienzo" para intentar saborear algo del talento de estos maestros del bodegón.

 

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